Ortega y Gasset y los límites del ‘gentleman’

En su exposicion de los “estilos del ser humano” a lo largo de la historia (y también a lo ancho del planeta), Ortega se detiene particularment en dos modelos que él considera antagónicos: el bodhisatva (budista) sin apego por la técnica y por la transformación de su circunstancia externa, y el gentleman, el hombre hecho a sí mismo, cuyo pensamiento es esencialmente transformador.

El bodhisatva no desarrolla otra técnica que la de la transformación espiritual, de su propio interior: así, dice Ortega, aspirar a “vivir lo menos posible”, dado que, según Ortega, vivir es mejorar continuamente las condiciones materiales: progresar, crear bienestar.

Eso es lo que hace el gentleman: aún procediendo de la tradición inglesa, no debe ser confundido en absoluto con un aristócrata ocioso, dice Ortega. El gentleman puede darse, en realidad, en cualquier clase social, dado que gentleman es, antes que un arquetipo social, un estilo de ser, una manera de vivir.

El gentleman aspira constantemente a la trasnformación del mundo y la circunstancia, imaginando siempre y planificando cómo alcanzar un nuevo estado de bienestar, de riqueza, de lo que Ortega llama “lujo vital”. El gentleman es en realidad el representante de una fuerza que impulsa la historia y a las sociedades hacia mayores cotas de progreso y “bien-vivir”.

Ahora bien ¿tiene límites esta concepción del hombre como constantemente transformador de la naturaleza, como depredador de los recursos, como agente de cambio que aspira a más, siempre a más, al crecer por encima de todo? Evidentemente que los tiene.

El propio Ortega indica que se necesita una concepción del gentleman que sea compatible con la “pobreza que inexorablemente amenaza a nuestro planeta”. El aumento del bienestar humano, pues, no puede hacerse a costa arrasar la circunstancia, porque en este caso nada florecería ya “en tierra de pobreza” (por eso reivindica en este punto la figura del hidalgo). Por otra parte, si el tecnicismo transformador contemporáneo abre un campo infinito de posibilidades al gentleman para su progreso material: ¿qué sucede con el progreso moral y espiritual esencialmente humano? Ortega nos advierte contra los riesgos de concebir al gentleman sólo como un sujeto que, gracias a su radical libertad y capacidad de elección, opta exclusivamente por la vida material. La vida humana, dice Ortega, no sólo es lucha con la materia, sino también “lucha del hombre con su propia alma”.

El tecnicismo transformador, filosofía de este hombre hecho a sí mismo, de este gentleman que mira siempre hacia delante, debe hacerse compatible con los valores morales: el respeto por los demás y por el medio, la justicia y las emociones humanas. Un sujeto cuyas aspiraciones son sólo materiales, económicas, no es un sujeto pleno, no es, en definitiva, humano.

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